Jueves para contar
May Rivas
Cinco de la tarde y aún en las oficinas de la Biblioteca Municipal de Barranco; salí disparada para tomar un taxi en dirección al Centro Cultural de España. No miraba el trayecto ni el cielo, toda mi atención estaba en los papeles que había preparado y las posibles preguntas que haría. En julio hace frío con mucha humedad y la garúa es insistente como una niña de cuatro años detrás de un objetivo. Seis de la tarde del 19 de julio del año 2001; pago y recogiendo a toda prisa y en desorden papeles y libros salgo del carro para entrar alborotada al Centro Cultural. Pregunto por Fredy para entregarle unos cassettes pedirle ver el auditorio y darle algunas sugerencias antes que empiece otro “Jueves para contar, cómo escribí...”, que esta fecha sería Juegos de Casandra de Carmen Luz Bejarano. Sucede que un jueves de cada mes, conducía en el Centro Cultural de España un espacio literario en el que invitaba a un escritor o escritora para hablar sobre una de sus obras. Este espacio se convertía en una conversación llena de anécdotas, secretos y confesiones con la ayuda de una tercera persona, que en esta ocasión fue el actor Miguel Medina, dueño de una grave y hermosa voz.
Poco a poco fue llegando el público y, claro, Carmen Luz, acompañada de Maritza, su hija, su cómplice, su amiga. Verla entrar con una gran sonrisa y tan elegante, –como siempre estaba ella para cada actividad literaria, más aún si se trataba de alguna ocasión en la que daría lectura a su poesía–, me llenó de gozo y mucha, pero mucha ternura. Fue una noche realmente hermosa, en la que nos contó su enorme apego al mar, nos contó de su Acarí, de su niñez, de su amistad con Javier Heraud, de sus sueños y, claro dio, lectura a varios poemas con una voz intensa, cósmica. Carmen Luz nos regaló parte de su intimidad, con sinceridad, en ella siempre una gran virtud.
Me es difícil escribir estas brevísimas líneas, porque de alguna manera es aceptar que mi querida Carmen Luz no está como yo quisiera, que las veces que llame al teléfono de la Residencial San Felipe no me contestará esa voz suave llena de caricia, que en las diversas actividades literarias no veré mas llegar su figura y su abrazo largo. Es verdad que el trabajo y las múltiples ocupaciones me han distraído de escribir este pequeño testimonio, y es que a través de la magia de la palabra escrita tomamos real cuenta de nuestros sueños, fantasías, de nuestras alegrías, tristezas, recuerdos y ausencias. En el fondo no quería aceptar que mi amiga querida no está físicamente, que para verla y escucharla tengo que cerrar los ojos y abrazarme yo misma y sentir su cariño, su enorme cariño. Es aceptar que la extraño.
Aún tenemos prometida una botella de vino tinto con Maritza Núñez y Marita Troiano a la salud de Carmen Luz, mi siempre querida Carmen Luz.
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