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Carmen Luz Bejarano

Carmen Luz vive

Jorge Prado Chirinos

En 1972 ya formaba parte del cuerpo docente del Departamento Académico de Literatura de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM. A principios de ese año asistí a una sesión de profesores para tratar la carga lectiva y la aprobación de los honorarios de clases. El Dr. Jorge Puccinelli, entonces Jefe del Departamento, había convocado esta reunión donde tuve el privilegio de conocer y estrechar la mano, por primera vez, de Carmen Luz Bejarano. Ella ya había venido desempeñándose como profesora universitaria desde años anteriores a mi ingreso a la docencia. Desde ese primer encuentro Carmen Luz me brindó su amistad que luego se prolongaría por más de tres décadas. Reconocí en ella desde el primer instante singulares dones personales: dulzura en hablar, modestia, alegría constante y sobre todo ternura y cálido afecto que era al mismo tiempo de una niña y de una madre. Casi nunca se mostraba con aires doctorales ni mucho menos soberbia, por el contrario era sumamente sencilla. Recuerdo que en las oportunidades en las que tratábamos algunos problemas relacionados con el dictado de cursos, luego de escucharme con mucha atención, me daba sugerencias bien fundamentadas y otras veces cuando pedía mi opinión ella la aceptaba con mucho agrado.

De 1988 en adelante nuestro trato ya no fue frecuente. A partir de 1983 ella había cesado como profesora y entre 1987 y 1994, por sus viajes al extranjero, especialmente a Finlandia, sólo por breves meses permanecía en Lima; por otra parte, yo también me había retirado desde 1996 de la labor docente en San Marcos. Fueron pues motivos por los que ya poco nos frecuentábamos. La última vez que conversamos fue en la casa del maestro Raúl Porras que es sede del Instituto que lleva su nombre (Colina 398, Miraflores), dos meses antes de su desaparición física luego de una dolorosa enfermedad. Para mí fue sorprendente verla espiritualmente igual, alegre, sencilla, transparente, amorosa y siempre preocupada por la poesía. La terrible enfermedad que corroía implacablemente su cuerpo no había hecho mella en su alma. Nos abrazamos muy fuerte al despedirnos. Después me enteré que nuevamente había sido internada en la Clínica Santa Teresa. El 30 de setiembre dejó de latir su corazón generoso. Pero Carmen Luz como ser excepcional merece vivir siempre en nuestra memoria con su imagen intacta como amiga y poeta. Por eso puedo afirmar que para mí ella solamente se ausentó, ha viajado a los lugares de sus sueños y amores, pronto volverá.

Supe que Carmen Luz había nacido en Acarí, pequeño poblado costeño de la provincia de Caravelí (departamento de Arequipa) y que su infancia y niñez transcurrieron en ese hermoso y prodigioso mundo natural, comprendido entre el valle, cuna de su nacimiento, y el de Yauca, creciendo en el seno de un hogar sencillo bajo el amoroso cuidado de sus padres; soñando y jugando entre sus olivares, sauces, molles y cipreses; gozando de las flores silvestres multicolores; escuchando el murmullo de los ríos que bajan de los Andes; hundiendo sus piesecitos en las blancas arenas de las playas; contemplando a los humildes pobladores, a los campesinos y pescadores en sus quehaceres diarios; disfrutando, al mismo tiempo, del inmenso mar de relucientes espumas, de incesantes olas estrellándose en los peñascos, meciendo los yuyos, aracantos y otras algas; y, en fin, recorriendo con sus ojos infantiles el cielo de intenso azul con gaviotas durante los meses de verano, en las noches el firmamento estrellado; los amaneceres y atardeceres mágicos y las neblinas matutinas desplegándose y diluyéndose en las faldas y en las crestas de los cerros y colinas. A Carmen Luz nunca le revelé que yo también había tenido oportunidad de gozar, aunque por poco tiempo, en mi niñez y adolescencia, de los prodigios de aquellos lugares de ensueño de nuestra costa que se extiende desde Lomas hasta el antiguo puerto de Chala. Las oportunidades en las que conviví con esos hermosos paisajes fue en los meses de verano de cada año. Mi padre, que fue un gran amante de la naturaleza, solía llevarnos a esos sitios como premio, decía él, para tener nuevas experiencias y embriagarnos con los encantos de la costa peruana.

Aquel mundo de la niñez de Carmen Luz está presente, en diferentes formas, en buena parte de su obra poética. Aparece, unas veces, expresado por medio de un conjunto de imágenes y otras, en símbolos, en ambos casos marcados con diversos grados de intensidad emotiva. Considero que Aracanto, poemario publicado en 1966, es el que constituye el mayor canto de Carmen Luz a la naturaleza, a su infancia, a su hogar. Cumple plenamente con el sentido de la cita que inserta antes de sus poemas: “¡siento la naturaleza, que es la que excita en mí la pasión y el deseo invencible de escribir”, tomada de Antón Chejov. Para introducirnos en ese bello mundo de Carmen Luz leamos con ella estos fragmentos de su universo poético:

Lejana. // Paloma / tras un vuelo de palomas, // eres leve / leve el aire que tocas. // Dulcísima. // Un carrousel / de alas // te traerá a mis brazos.
[…]
El viento lleva / palomas y olivo // Brilla la noche // Caen olivo /
y palomas //sobre la arena.
[…]
TANAKA
Plenitud de gaviotas / encienden el ocaso. // Reverbera tu luz /
en mi pupila, / tu huella marina / en mi tristeza. // Tanaka de aracantos, // cogida a tu perfil / desciendo en el misterio.
[...]
Tarde // Tuve del mar las algas y el ocaso, / los juegos marinos de la infancia, // y el olvido a la sombra de los molles. // Tierra amarga, retorno a tus peñascos. //
Y soy sin barcas ni alegría / voraz gaviota devorando el tiempo.
[...]
Clelia / quieta arcilla / bajo la luna de abril. // Yo guardo intacto tu cuerpo /
y mamá te lleva rosas / en noviembre . // Clelia, hermana mía, / amo al gusano y la hierba / porque han bebido en tus manos / y en tu cuerpo adormecido / bajo la luna de abril.
[…]
Madre, ya no le tengo miedo a mi sombra, / ni al mar, ni a la noche; es cierto, me estremece el viento todavía. Recuerdas, caminábamos largo, entre cerros. No sé por qué jamás tropezamos con el ojo encantado del agua. // Gemían las piedras y las caracolas y el Leñador aquel dejaba palomas dormidas a nuestro paso; una tarde nos dejó a Clelia suspendida en una lágrima.
[…]
Juan Sante, el panadero de mi aldea / tuvo un hijo; / a Juan Sante hijo, se le olvidó su pan / y el pan del panadero / volaba hacia la calle. // En Diciembre, diciembre de tristeza / Juan sin pan, Juan del aire / sin aire fue muriendo.

Años más tarde, en 1999 en su obra Juegos de Casandra, como una constante más de su poesía creada desde su niñez, aparecen otros poemas que ciertamente no son los únicos. Desearía, para concluir estas apretadas líneas, transcribir a continuación el siguiente texto poético:

En algún lugar mi infancia exangüe
agónica
empuja un barco en lontananza
Dueños de todos mis ayeres
papá
mamá
son grato aroma
que se expande por la tierra
ilusionistas diestros
que gobiernan
y devuelven mis paisajes
Me viene nueva la niñez
tan nueva
que me deslumbra con su brillo
y entre corales rocas funambulescas
ciudades de cristal
me deslizo
Pero ¿dónde estáis vosotros?
¿ebrios de luz de espacio abierto
de cielo encariñado con los ojos?
¿Dónde?
¿A qué destino de topo alucinado?
¿a qué naufragio vuestra vida condenada?
Terca niñez
empuja hasta mi orilla el barco amado
y en la comarca de la niebla
propicia nuestro encuentro.

Lima, 9 agosto de 2003