Recordando a Carmen Luz Bejarano
Ismael Pinto
De toda la poesía, de todos los libros de Carmen Luz Bejarano, sin menoscabo de los otros, tres tienen para mi un especial significado, un secreto afecto. Son sus tres primeros poemarios: Abril y lejanía (Cuadernos del Hontanar, 1961. Colección dirigida por Javier Sologuren y Luis Alberto Ratto); Giramor (Imprenta de la UNMSM, 1961; portada de Felix Nakamura); y, Aracanto (Editorial Jurídica, 1966; portada de Félix Nakamura). Son un hermoso puente que, al cruzarlo, me permite trascender el tiempo. De la mano de una poesía exquisita hecha de sol, luna y amapolas. De mar y lejanía, de sueños y ensueños y de una meditada vigilia, de trigales y rocío y de noche iluminada. De amor y lejanía, de amor y de entrega y también de amor desgarrado por la partida inevitable. Poesía, para mi, que libera viejos afectos. Y en un rito repetido en cada lectura, me reinstalan en un tiempo que ya no es.
Esos libros, cada vez que he vuelto a sus páginas, me han remitido inexorablemente al viejo San Marcos. Son la invitación a un viaje del afecto y la memoria. A una suerte de ejercicio de la nostalgia que siempre termina en la solitaria casona del Parque Universitario. Su lectura es como escuchar con los ojos entrecerrados, como en una duremevela, el rumor de voces lejanas que el tiempo va adelgazando. Y sospechar perfiles entrañables que la ausencia nos va sustrayendo, lentamente, sin prisa, día a día, de la ingrata memoria. “Canción de Otoño /” – escribió Carmen Luz–, “recipiente de espuma / para los sueños / breves”. Porque, para todos aquellos que, de una u otra manera, militamos en la generación del 60, en este otoño de nuestras vidas que sólo ayer fue primavera, breve ha sido el paso del tiempo. Como la espuma, se fueron nuestros sueños.
Y con esos sueños se fueron también muchos de los que quisimos, y que también soñaron con nosotros. Juan Gonzalo, el hermano mayor, el aeda trashumante en busca de puertos sin nombre y horizontes sin fin. Javier Heraud, regando con su sangre generosa la utopía de un Perú mejor. Willy Pinto, con sus angustias del diario vivir, también emprendió su larga marcha. Pedro Gori, se embarcó con su indignación poética en un silencio que no cesa. Y César Calvo, de pronto, sin avisar enmudeció la alegría. Y mucho antes, el otro yo oscuro y del que no se habla, llevó a Lucho Hernández, a silenciar por propia decisión su voz y su vida. Luego Carmen Luz, se sumó a esa diáspora, a ese cortejo. Silenciosa, un buen día, pasó de la vida a la poesía. Se fue con la misma discreción y natural señorío con que había vivido. Nunca escuchamos de sus labios un reproche, un lamento, no obstante saber que su tiempo, cada hora que pasaba, se acortaba más y más, buscando ”el silencio que estorba / el paso de la alondra”.
Holderlin nos recuerda que los poetas son seres privilegiados. Que si el común de los mortales tiene dos ojos, el poeta tiene tres. Con este tercer ojo avizora lo por venir. Con él vislumbra que rostro tiene el rumor de la vida y sabe el perfil exacto de los pasos lejanos de la muerte. Ojo que también ha visto el secreto de la risa, el alma del llanto, la cara del silencio y en el canto del agua el reflejo de la nostalgia. Desde aquellos lejanos días, Carmen Luz ya había presentido su último viaje con mucha antelación. Y tanta que en uno de sus primeros poemas, habla ya de esa ineludible cita:
Viajero,
en ti recojo
la sal de los caminos
y atardezco
sin prisa.
Pero
tus pies
me llevarán alguna vez
mezclándome
al rocío de extrañas primaveras.
Quizá un secreto y premonitorio afán de exorcizar lo inevitable.
Mi memoria siempre encuentra a Carmen Luz, en San Marcos. En el Patio de Letras, en amena conversación con el pausado Willy Pinto –trabajaba en ese entonces en lo que era el Repertorio Bibliográfico Latinoamericano, un proyecto caro a Luis Alberto Sánchez y a San Marcos–, acompañados siempre por el poeta Silva, de mosqueteriles mostachos y más afiladísima y divertida lengua. Ellos no eran contertulios cercanos a la inefable pila, su lugar de observación y palique era, siempre, parados junto a alguna de las columnas cercanas al Salón de Grados, a la capilla de Nuestra Señora de Loreto. Otro punto de convergencia, estudio y conversación, era en la apacible y silenciosa Biblioteca del Seminario de Letras, predios de Marcelino y la señorita Techi. Predio cercano a la oficina del segundo piso en donde funcionaba y se investigaba y trabajaba las fichas del Repertorio que luego aparecieron convertidas en sendas y valiosas publicaciones.
Por aquel tiempo sabíamos que Carmen Luz escribía poesía, aunque todavía no había publicado libro alguno. Mantenía sus poemas celosamente inéditos, como lo anota Alberto Escobar en el prólogo de Abril y lejanía. Y la sabíamos poeta porque más de una vez participó en los recitales que organizaban los inquietos y alegres Arturo Corcuera, Reynaldo Naranjo, el flaco César Calvo, Mario Razetto, y el premédico Rodolfo Hinostroza. Además, de que Carmen Luz ya gozaba del prestigio de habérsele distinguido con una Mención Honrosa, en el por aquel entonces prestigiado concurso de poesía que organizaba la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, que dirigía y publicaba el poeta trujillano Marco Antonio Corcuera.
De pronto, para sorpresa y alegría de sus amigos, lejanos y cercanos, Carmen Luz publicó Abril y lejanía. Y casi inmediatamente, Giramor. Y con un meditado entretiempo Aracanto. Fue ese un gozoso descubrimiento, un privilegio adentrarnos, en su universo poético. Uno construido con la precisión de un orfebre, y la severidad de un exigente demiurgo, en que cada palabra, como quería Claudel prefigura el nacimiento del mundo y también del poeta.
Barquillas
de papel:
visión lejana
de los atardeceres.
Mis manos
en la sombra
se tornan barcarolas.
Sueños de ayer
y de hoy;
flores de sal
y canto,
nostalgia del amor
sobre mi corazón.
Allí, la poeta ha volcado, lo vivido y lo soñado –“Amanece / en tus manos / la alegría. / Azul, / como los sueños / y las alas / y los parques, / azul / como tu sombra”. Como sus secretas nostalgias y calladas penas: “Clelia / quieta arcilla/ bajo la luna de abril. / Yo guardo intacto tu cuerpo / y mamá te lleva rosas / en noviembre”. Allí también la canción de la alegría, del recuerdo del lar lejano donde
un campanario lejano solloza seis campanadas.
[…]
Seis campanadas
de viento
sobre mis sienes
despiertas.
Seis campanada
de tiempo
sobre mi rostro
en desvelo.
Tañido melancólico y eglógico que se hermana con el canto del mar que en el atardecer “resplandecía de gaviotas”. Tiempo propiciatorio en que el amor le señalaba “Anchos caminos de espuma: / hierba, rocío, luna./ Arcilla eterna tu cuerpo / junto a mi cuerpo”. Y como un espejo memorioso y sentido que busca en un tiempo ya ido y en un paisaje frecuentado solo ayer por la infancia y un secreto amor:
Luna que alumbra los olivares
tiempo de amores luna que alumbra
Nada es lejano cuando te miro
nada he perdido cuando te miro
Noche de luna infancia alumbras
redonda y clara como el amor
nada es lejano cuando te miro
nada he perdido
luna que guardo en el corazón.
Pero en ese mundo luminoso, en ese rito de descubrirlo al nombrarlo y en ese descubrirse de la poeta al soñarlo, hay una oscura y sumersa sombra que lo atraviesa. Como respondiendo con secreto temor a una angustia esencial que, al nombrarla, quiere ser conjurada. Secreta herida que la desgarra y que la hace exclamar: “Veo desasirse / las hojas / bajo / el otoño / que vigila / mis pasos. Y siento una tristeza inútil / en mi ser / esta tarde.” La poeta sabe perfectamente que “Los ojos de los muertos [son] / espejos olvidados / donde se quiebran a pausas / el viento y el sonido.”
En la presentación de ese registro poético de la generación del 60 que es Como una espada en el aire, fue una de las últimas veces que vimos y hablamos con Carmen Luz. Siempre con su palabra gentil, su simpatía y esa encantadora y tímida lejanía que ponía, como si tuviera temor de expresar en voz alta sus afectos. Ya ella sabía en aquel entonces que Se nos van los sueños / en la nave sombría / de las horas.
Ahora en este homenaje que nos congrega y reúne voces, poemas afectos y recuerdos y nos la trae de vuelta, y nos devuelve a Carmen Luz, creo encontrar la respuesta a la pregunta que, en algún momento de duda, se hizo. Interrogante que indagaba con cierto temor la trascendencia de su obra, como si dijéramos de su vida. Carmen Luz se preguntaba:
¿Dónde?
¿Quién reconocerá mi voz?
carmen luz
sombra en la sombra del día
carmen luz
hoja en el paisaje agreste
despertarás
para morir de nuevo
carmen luz, piel, escamas, corola
o musgo
¿quién te reconocerá?
[De Aracanto.]
Y si la vida pasa como nos lo recuerda el Libro de la sabiduría: como las naves, como las nubes como las sombras, tampoco debemos olvidar que aquellos que se fueron regresan a nuestro lado cada vez que su nombre es pronunciado por los labios de los vivos. Por eso, Carmen Luz está con nosotros, nuevamente.
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