El primero de la lista
Ernesto Hermoza
Era el primero a quien se le tenía que avisar apenas se produjera su deceso. Carmen Luz lo quería así y la lista se la dictó a su hija Carmen y a la poeta Marita Troiano. Cuando me lo dijeron me produjo un estremecimiento frío. Después supe que, prácticamente, fui la última persona con la cual habló antes de sumirse en el sopor de la muerte. Apenas un breve diálogo, pero el último.
El viernes 27 de setiembre por la tarde la llamé a su teléfono celular y me contestó su hermana. Oí la voz de Carmen Luz que preguntaba ¿Dónde estoy?. Estás en la clínica le dijo Luisa y te llama por teléfono tu amigo Ernesto . ¿Quién? Volvió a preguntar Carmen Luz. Luego oí su voz debilitada y un tanto estropajosa, sin duda por los efectos de los sedantes que le aplicaron para hacer menos doloroso el tránsito. ¿Cómo estás? Me preguntó. Le respondí con una pregunta: Poeta ¿Sabes quién soy?. Sí, claro que sí, me contestó y con su hilo de voz me volvió a preguntar ¿Cómo estás? Yo estoy bien y espero que tu también. Oí su risa breve y apagada. Oye poeta, los olivos de Yauca nunca se caen, son eternos, y tú eres como esos olivos, le dije. “Ya no se qué decirte”, me respondió muy suavemente. Pues dime que vas a hacer un nuevo esfuerzo por recuperarte, no te olvides que tenemos un almuerzo pendiente. ¿Cómo te sientes?. “Dormida... dormida”, dijo bajito. Entonces te voy a dejar para que descanses, cuando uno está enfermo dormir es a veces un buen remedio. “Bueno, me dijo, un beso y cuídate”.
Luego me dirían que momentos después ingresó en el sueño final. Cerca de la medianoche me llamó Marita Troiano para alertarme que los médicos les acababan de decir que en unos instante más se produciría el desenlace final. No fue así. Al día siguiente, sábado 28 fui a la clínica. No la vi pero hablé largamente con su hermana. El domingo llamé por teléfono y seguía en el mismo estado.
El lunes por la mañana volví a llamarla y me respondió su hija Carmen. Seguía igual. Bueno, le dije, por favor cualquier cosa me avisas. “Por supuesto,” me respondió Carmen, “hay una lista y tú eres el primero a quien hay que avisar”. Y ante mi sorpresa me explicó: “Mi mamá ha organizado todo, por eso te llamó Marita”. Oye, le dije, conversabas de estas cosas con tu mamá. “Claro que sí y cuando yo le decía, pero mamá por qué tenemos que hablar de esto, me respondía: la que se va a ir soy yo y no tú”. Cumpliendo sus indicaciones, ese mismo día, lunes 30 de enero, alrededor de las 2 de la tarde, 10 o 15 minutos después de expirar, Carmen me avisó.
Los barcos de Acarí
Como todo peruano más o menos ilustrado que pulula en la variopinta fauna pomposamente llamada “cultural” de Lima, yo también conocía a Carmen Luz Bejarano. Incluso la había entrevistado para la televisión. Pero no era su amigo.
Hasta que en una reseña que le hicieron en alguna publicación, aparecía diciendo que de niña, en Acarí, se sentaba por las tardes a ver pasar los barcos. Acarí tiene un río torrentoso en las épocas de avenida, pero durante el invierno se puede cruzar de un lado al otro saltando de piedra en piedra sin mojarse los zapatos. Entonces la llamé por teléfono y le dije, de frente y sin saludar: Oye poeta, yo he visto camarones, lisas, pejerreyes y bagres, ¿pero barcos en ese río?, ni canoas. Soltó esa carcajada contagiosa y se justificó: lo que pasa es que yo le expliqué al que hizo la nota que había nacido en Acarí, pero de niña me llevaron a Yauca y por las tardes me sentaba frente al mar de Tanaka a ver pasar los barcos por el horizonte. Allí se inició recién nuestra amistad. Como yo también nací en Acarí y me crié en el puerto de Lomas, nos pasábamos horas hablando de esos pueblos vecinos; conversábamos de mitos y leyendas que oímos de chicos. Y nos divertía utilizar palabras que están en el habla cotidiana de la gente y se pueden encontrar en los libros de Gregorio Martínez, pero más allá de esos lugares son desconocidas. De los personajes legendarios que, como don Roque del Buey, español trashumante, se instaló en el desierto de Sacaco y sembró olivos además de desenterrar restos de animales prehistóricos. De las dunas caminantes y de sus pequeñas tempestades de arena. Y, por supuesto, de sus inenarrables aceitunas. Pues, un buen día, a la hora de salir de su casa me dice “Llévate este taper”. Este no es un taper, Carmen Luz, este es un balde le digo. “No, me dijo, es un tapercito”. Al cabo de un tiempo llevé su ‘taper’ de regreso. Al despedirme salió otra vez con el ‘taper’ lleno. Carmen Luz, le digo, la primera vez estuvo bien. Pero ya no. Además, tú sabes que por recomendación médica no puedo comer aceitunas. “Las regalas, pues” me dijo. “Además me ayudas a desocupar este barril, tómalo por ese lado”. Total, cada vez que le devolvía el famoso ‘taper’ lo volvía a llenar y yo a buscar a quien regalarlas. Su hermano Pepe se encargaba de que ese barril siempre estuviera lleno.
Otro día le dije que me gustaría sembrar un olivo frente a mi casa, años atrás había hecho el intento, pero no resultó. No pasó mucho tiempo cuando me llamó convocándome urgente a su casa. Su hermano Pepe me había traído, no una, sino dos plantas de Yauca.
Estaba por cumplir setenta años, y si ella no lo decía, era imposible imaginarla enferma; pero un día que la llamé por teléfono me dijo que estaba por salir para la clínica. ¿Qué tienes?, le pregunté. Unos segundos de indecisión y la respuesta seca me paralizó. Cáncer. Tomé aire para reponerme y le pregunté. ¿Es en serio, estás segura?. Sí, me dijo, y voy a ver al médico que me quiere operar, pero yo no quiero. De allí en más sólo nos quedó admirar su incomparable entereza para afrontar la muerte con una dignidad apabullante. Nadie que la viera podía pensar que sus días estaban contados y sus entrañas roídas por el mal.
Estando en Lima su hija Maritza, dramaturga y poeta que reside en Finlandia, me invitó para que almorzáramos los tres juntos. Y quedamos en hacer coincidir los horarios de Maritza con los míos, hasta que quedamos para una fecha. Ese día, por la mañana, me llamó una Maritza realmente compungida. Carmen Luz está mal, la hemos traído a la clínica y está preocupada por el almuerzo. Habla con ella, por favor. No sabía cómo disculparse por el inconveniente que supuestamente me causaba. Pero Carmen Luz, le digo, lo único que importa es que te estés bien. Cuando te recuperes lo hacemos. No volvió a salir de ese “alojamiento”, como decidió llamarlo. En su habitación tenía una ventana enorme hacia una calle con mucho movimiento. Cuando la visitaba me señalaba, misma ventana indiscreta, a los personajes que tenía identificados y que se pasaban todo el día en esa calle. Escribe una novela con ellos, le dije. Lo he pensado pero no sé si tendré tiempo, me contestó. Eran las únicas referencias a su mal.
Carmen, su hija, me contó después que dispuso paso a paso cómo quería su despedida final y el poeta Luis La Hoz me dijo que de esa lista que dictó para ser “invitados” sacó a varios “porque no los quería ver allí”. Y pidió llevarse en las manos el “machote” de su último libro de poesía ”para ver si encontraba editor en el otro lado”.
Hizo de ese tránsito un hecho tan natural que en el velorio algunos pensábamos que ella estaba por allí departiendo con los grupos que se formaban. Sin embargo, el drama estaba en sus libros. En La ruta del ciprés y en Yazgo están sus angustias y sus padecimientos más íntimos.
Este último verano estuve en Acarí y en Yauca y traté de imaginar su infancia por esos polvorientos caminos, de encontrar “un río de clara risa” y ver si todavía “el viento lleva / palomas y olivo” por sobre la sabana verde de esos olivares centenarios. Y un poco más allá Tanaka, en silencio con ella, para oír su “música de aracantos: / canción de mar / en el aire”.
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