Antes del sosiego — Testimonio personal
Eduardo Adrianzén Herrán
Tiempo y espacio:
La acción se inicia la tarde de algún viernes, cierto mes de otoño de mil novecientos ochenta, AC (Antes de la Computadora)
Escenario:
Una vieja casona del jirón Puno en el centro de Lima, que vaya uno a saber qué lujoso inmueble fue en sus épocas doradas, y que hoy sirve de refugio y parnaso protector a la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, o más brevemente la –por entonces– famosa ANEA.
Personajes de reparto:
Un par de estudiantes universitarios de diecisiete años que aún huelen a leche materna y borrador de colegio. De esos que quieren comerse al mundo desde su primera salida y las primeras líneas pergeñadas con pretensión de opus literaria. Son astutos (según ellos), leidísimos (según ellos), talentosos (según ellos), y no aparentan en absoluto sus cortísimos años (esto último rigurosamente cierto: aparentan quince, cuando mucho).
Un numeroso grupo de otros jóvenes venidos de todas partes, incluidos Lima y galaxias aledañas. Sus edades, apariencias, ideas y personalidades varían entre sí tanto como los colores que un impresionista usaría para las hojas de un árbol. Sin embargo, llevan el uniforme único de los Escritores y Poetas en Ciernes: lapicero, hojas de papel y muy pocos centavos en el bolsillo.
Personaje protagónico:
Una mujer de unos cuarenta y pocos años. Bien vestida de sport elegante, tirando más para el elegante. Un peinado en absoluto casual. Una voz delicada, elegante, como la voz que uno imagina que tienen las reinas. Dicción impecable, casi preciosista. Uñas y labios meticulosamente pintados. Fascinante desde todo punto de vista y dentro de poco también desconcertante, ya lo verán. Responde al nombre de Carmen Luz Bejarano, poeta con varios libros ya publicados, profesora de literatura en la gloriosa (y vapuleada en esas épocas) Universidad San Marcos, y finalmente –he aquí el título que nos congrega esta tarde – animadora y responsable del taller literario de los viernes para jóvenes poetas o aspirantes a laureles semejantes.
Premisa dramática principal:
Lecturas de poemas y cuentos. O fragmentos de novelas, fragmentos de poemas, fragmentos de cuentos, fragmentos de vidas, o en el peor de los casos, fragmentos de buenas intenciones. Luego de que cada valiente lee lo suyo, (generalmente con pésima vocalización) Carmen Luz esboza una cálida sonrisa con los labios y estimula el diálogo. Su método es invisible. Nunca jamás pregunta “¿qué les pareció?” ni dice “vamos, opinen”, pero de pronto la mayoría pide turno para hablar y/o debatir acerca de la métrica usada por el conato de poeta en cuestión, el lenguaje críptico, las metáforas anárquicas, las hipérboles tanáticas y todos los epítetos esdrújulos, sin dejar de lado reflexiones sobre la cultura, política e historia peruana que nos llevan a desglosar cada aspecto de todo lo que suene trascendente. Reflexiones cuyo propósito último es llevarnos a cambiar el mundo, pero por el momento a donde nos llevan es a tomar un café en tazota de loza en las largas mesas que fungen de refectorio. Con Carmen Luz, por supuesto. Jamás cansada, jamás harta, jamás con una palabra que suene a “váyanse a su casa” ni mucho menos a consejo, imposición o monserga alguna. Porque Carmen Luz es incapaz de imponer criterios acerca de nada. No está en su naturaleza, no se soportaría a sí misma si tuviera una pizca de dogmatismo o idea preconcebida acerca de algo o alguien. Es impunemente individualista, rabiosamente librepensadora y escéptica como el más viejo de los curas. Al mismo tiempo, es hiper femenina como... ¿cómo qué? Como Carmen Luz –basta con eso. A nadie se le ocurriría un símil mejor.
Desarrollo de la historia
Luego de algunos viernes compartiendo lecturas y debates, Carmen Luz propone organizar un recital para audaz tribuna de sus jóvenes creadores. Se lee de todo: desde poemas casi plagiados de Vallejo, pasando por audaces (¿?) poetas que hablan de los vellos púbicos de su amada. Carmen Luz asiente y sonríe. Desde cuentos comprometidos con la lucha obrera hasta delirantes prosas-poéticas-sincréticas acerca del magma y el ciclo vital de la jirafa. Y Carmen Luz sonríe. Desde fragmentos de obras de teatro de César de María (años después, consagrado como el mejor dramaturgo de su generación) hasta reflexiones y pensamientos que no alcanzarían cupo ni en un libro de autoayuda. Y Carmen Luz... sonríe. ¿Qué tiene esta mujer que es capaz de estimularnos a CREAR todo el resto de la semana para que esperemos ansiosos el viernes por la tarde? ¿Qué poder mágico ejerce sobre nosotros, sus ya autotitulados discípulos? Nos está hechizando, nos está ganando para un territorio incierto, duro, complicado. Nos rebela y nos revela. Algunos ya no estamos seguros de llegar a ser abogados o diplomáticos, como acredita nuestra matrícula sanmarquina. Ahora nos sentimos parte de algo. ¿Qué será de nosotros? ¿Qué caminos nos señala esta dama que vive intensamente su gloriosa y bella madurez, jugando a la alquimista con nuestras jóvenes almas?
Tramas paralelas
Los meses transcurren y el taller se revitaliza de vez en cuando con la llegada y también la partida de otros estudiantes. Mientras tanto, unos pocos nos consideramos elegidos de la fortuna, y más de veinte años después compruebo a diario que vaya si lo fuimos. Adivinaron: el par de jovenzuelos con pinta de quinceañeros: el promisorio poeta Juan Carlos De La Fuente y quien suscribe (prosista sin remedio, jamás tocado por el dedo de la musa poética) más Fernando Obregón, de ojos grandes y melancólicos como sus versos, somos invitados a casa de Carmen Luz “para tomar un tecito”, eufemismo que incluye juntarnos a charlar, bromear y leer literatura desde las seis de la tarde hasta mínimo las doce de la noche. Las puertas del departamento de la Residencial San Felipe se nos abren de par en par como si fuésemos escritores importantes. No pocas veces compartimos tertulias con don Washington Delgado o Willy Pinto, y al poco tiempo, disfrutamos con los huracanes de aire fresco que son las visitas desde la Unión Soviética (¿perestroika? es 1982, no se adelanten) de Maritza Núñez y Timo Kyllönen, quienes vienen a bañar de música, piano y acordeón unas noches que –apuesto mi cabeza – fueron tan estimulantes, felices y vitales como las del grupo de Bloomsbury en sus mejores tiempos. Luego se nos une el novelista Mario Bellatín, hoy figura de la narrativa mexicana, y así muchos otros que la memoria no olvida, pero el papel no da espacio. Durante por lo menos cuatro años nuestras veladas del departamento de San Felipe, enriquecidas por una que otra escapada a la playa de Tanaka –el refugio marino de los Bejarano –, fueron casi el eje de nuestra vida literaria. Todo lo poco o mucho que somos hoy como creadores, nació y se desarrolló allí. Afuera estaba el mundo real, el mundo cruel. Durante la década de los 80, el Perú se desangra con un terrorismo que poco puede distinguirse de la guerra civil. Pero los viernes literarios y las esperadas veladas con tecito y las aceitunas más exquisitas del continente (acompañadas de las enormes empanadas donadas por Fernando Chumpitaz, otro amigo del grupo dispensado de ser literato, lo mismo que la encantadora Adriana Saldaña) son el oasis, el combustible que nos ayudó a sentir que los primeros años de juventud no eran un páramo solitario. Carmen Luz es nuestra “madre sideral” –una broma que parafraseaba un verso de su El triunfo de Ícaro– que jamás pregunta lo que callamos y siempre escucha lo que necesitamos decirle en todos los campos, ya que nadie como ella entiende que los textos se nutren de la vida y sus conflictivos procesos. Y en ese batiburillo de amistad, literatura, música, pasteles, algo de psicoanálisis y mucho de cariño filial, vamos aceptando que tal vez no será tan sencillo que todos los caminos nos lleven a la gloria literaria... pero inevitablemente nos llevan al departamento de San Felipe donde podemos encontrar a nuestra hechichera favorita.
Segundas y terceras partes
En la década de los 90 nos perdemos un poco de vista. Los jóvenes imberbes empezamos a volvernos personas mayores, de esas que los desconocidos ya tratan de usted. Durante uno o a veces hasta dos años perdemos contacto, como era previsible en quienes están explorando otros caminos y buscando un espacio propio en alguna parte. La vida nos gana en trajines, decepciones, triunfos y desvelos. Mientras tanto, Carmen Luz amasa y nos espera. Amasa nuevos libros, nuevos poemas, nuevas búsquedas. Amasa y nos espera. Siempre con la misma sonrisa, jamás un reclamo por nuestra ingratitud, que sabe no es tal. Y las ausencias no hacen sino confirmar que el cariño no varía. Que ya se grabó a fuego en nuestra hoja de ruta, como si fuera parte de un código genético o un nudo gordiano de los hilos del destino. Podemos vernos una o dos veces al año y a los cinco minutos se crea la misma complicidad del tecito anterior. Y la dama del sosiego ya empieza a asomar. Quizá el frenesí social baja un poco de intensidad, pero sin embargo los 90’ son muy prolíficos para ella: escribe, viaja, se convierte en toda una figura en Finlandia. Felizmente, con el inicio del milenio los reencuentros son cada vez más frecuentes. “Hemos crecido”, suelo decirle. “Los poetas engordaron y tu amigo prosista adelgazó, pero se convirtió en un guionista y dramaturgo de incipiente calvicie”. Y Carmen Luz... sonríe. Con la misma franqueza de los viernes de la ANEA, sonríe. Y arrullado por su voz diáfana, inseparable sus uñas y labios pintados y su eterna femineidad, tengo el inmenso privilegio de compartir con ella cada instante durante todo el tramo final de su camino terrestre.
Desenlace (¿?)
No lo hay. Carmen Luz: aquí estamos, juntos. El jovenzuelo que llegó esa tarde de ese viernes de mil novecientos ochenta, sigue haciendo lo mismo que le dijiste que debía hacer: escribe, simplemente. Escribe porque no le queda otra salida. Escribe porque no tiene otra opción para salir de tu hechizo. Y no sé si te has enterado, pero es imposible que te puedas ir. Ya es más de medianoche. Se nos acabaron las aceitunas y este verano no fuimos a Tanaka, pero no importa: iremos el próximo. Ya nunca más será tarde para nosotros en vista de que te quedaste por estos lares. El resto no es ni silencio ni nostalgia: es la vida.
Lima, Junio 2003
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