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Copyright © 2006 Alfonso Padilla y Maritza Núñez

Carmen Luz Bejarano

Desde mi Jardín para Carmen Luz

Amalia Cornejo Cavero

Ahora, muy tarde en esta madrugada, me pregunto ¿Qué música preferías escuchar cuando estabas sola? Estoy con Beethoven y lo he dejado de oír para repasar tus versos de la Existencia en Poesía que con tanto cariño te editara Marita, entonces escucho tu voz leyéndome, tu voz tan especial, tu timbre, tu ritmo, tu tono.

Parece tenerte al otro lado del teléfono con toda tu suavidad y es ayer, que Maritza me habló desde Finlandia para dedicarte unas líneas en este Homenaje... Ahora escribo, pero las lágrimas no pueden contenerse! Se van los amigos, tantos ahora, que ya nosotros también nos alistamos para partir ¿sabes?

Recuerdo cuando me decías al teléfono: Amalia, te llamo como conversamos, ya estoy de salida a la espera de nuestro encuentro y de los helados! Al llegar a Pharmax, veo que me pasa la voz una dama muy distinguida. Nos abrazamos con toda la fuerza de siempre y sentí que en la espalda me dejabas un masaje, tan necesario en ese momento para mí. Me estabas escribiendo la dedicatoria en tu libro, pues la Imprenta te lo acababa de dar y debía salir en Voces N° 5, en la parte de publicaciones. Cuantos detalles recuerdo, me río ¿Sabes por qué? Pues cuando llegó la señorita para atendernos, nosotras leíamos versos y versos y de pronto la señorita escuchó: ¡Helados, los más ricos! Eso nos trae ¡ja, ja, ja...! Pero la risa se me fue al detenerme en el poema Juan Angurria que yo lo leía en voz alta, pero se me quebró la voz y lo terminé leyendo en silencio... Nos despedimos felices esa vez, yo salí corriendo como transcurre mi vida entre la docencia, la Revista, la tertulia. Fui a la Imprenta y dejé tu libro... Ese mismo sábado yo le leía a mi madre varios de tus poemas, ella también es poeta y adora la poesía, por eso también yo adoro la poesía porque desde niña me hacía versos mi padre y mi madre me leía todos los poemas de los poetas que ella admiraba, conocía o me recitaba de memoria.

Siempre nos vimos: en los recitales, en las reuniones, en los eventos culturales, en tu casa, en Barranco. Después ya nos veíamos menos por tu enfermedad. Por ejemplo recuerdo que mi hija Talía no estaba en Lima, estaba muy lejos y había un presentimiento extraño en mí. Yo no pude ese día ir al colegio, tampoco a dictar clases particulares, pero tenía una cita contigo a las 7.30 p.m. en la cafetería de la Alianza Francesa, yo había llorado muchísimo todo el día, 10 de setiembre del 2001 y al salir de casa en un Tico, en el zanjón ¡casi dimos una vuelta de campana!... No sé cómo, pero llegué donde ti, la Alianza estaba sin luz, no era época de apagones, toda la cafetería estaba con velas y tú me viste mal, me preguntaste: ¿Qué te traigo? Yo te pedí ¡agua por favor! Yo estaba allí por ti, tú estabas ya muy mal. Las dos rogábamos porque las luces regresen, tú ponías tu obra, Los ojos de Lázaro monólogo que dirigía Maritza, tu hija. La pieza me impresionó mucho. Al día siguiente, 8.40 a.m. me llamaron de USA: ¡Las torres se quemaban!... Por la tarde tú me preguntabas por mi hija... Así, así la vida...

Después yo te visitaba en la Clínica Santa Teresa, conversábamos, escuchábamos grabaciones, poemas, música, leíamos; tu hija había venido de España, Maritza había tenido que regresar a Finlandia... Tres días antes de tu partida fui donde ti, dejando todo por hacer, no sé, pero compré una florecita y un talco y me senté a tu lado, estabas diferente, más callada, de pronto hablamos de Dios me dijiste: “creo y no creo”... Esa vez me fui muy triste.

Me avisó Marita de tu viaje sin retorno, ella estaba destrozada, te acompañamos en la Casona de San Marcos todos tus amigos y poetas. Salí de allí y me fui a buscar el mar porque habíamos hablado de cómo lo sentías y allí frente al Colegio Médico, le empecé a leer al mar el último de tus poemas del poemario El Grito...