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De pérdidas y contentamientos

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Carmen Luz Bejarano

Testimonio 1

Carmen Luz Bejarano

 

Amigos.

Dar un testimonio o “leer su testimonio” ha sido una frase que me ha quitado el sueño tanto como si alguien me hubiera dicho escribe un poema. Y quizás cuando establecí la relación poema-testimonio es cuando decidí venir, sin ninguna angustia, para decirles algo de mí, quizás esto es un testimonio.

Yo creo que, finalmente, mi poesía es testimonio, mis novelas son testimonio, mi monólogo es un testimonio, creo que lo que hice y dejé de hacer son también testimonio. Ellos hablan de mi pasión por el Arte, la Literatura, mi pasión por la Vida, la Libertad.

Quisiera que algunos poemas hubieran envejecido tanto que en un mundo de paz y solidaridad, resultasen extraños al lector: el horror frente a la guerra, los odios, los miedos y el deseo de proteger un planeta que el hombre se empeña en destruir.

Reconozco que todo el clamor del arte en sus múltiples manifestaciones no ha logrado detener una sola guerra, regalarnos un solo día de paz, de armonía. Un solo día en que el hambre y la miseria no hayan gritado su dolor. Espero, sin embargo, que alguna vez se encuentre, más allá de la ficción, o más acá de la ficción, el mundo con el cual todos estamos soñando. Esto parece el intento de crear una frase literaria pero de alguna manera se aproxima a nuestro anhelo.

Alguna vez dije, en aula, respondiendo la pregunta de algunos alumnos, más bien condiscípulos míos, que estudié Literatura por vocación y un cierto grado de irresponsabilidad; ahora, respondería lo mismo, y, si volviera a encontrarme en situación de elegir, elegiría lo mismo. Sé decir también, que, ingresé a San Marcos y en la Universidad de San Marcos me quedé a vivir, ciertamente así fue y no sólo en el aula, como alumna recibí la enseñanza, el consejo, el impulso; fuera de ella ocurrió lo mismo.

Tuve maestros entrañables como el Dr. Fernando Tola que no sólo me prestaba libros, sino que hizo comprar Las mil y una noches porque en ese momento yo andaba leyendo a Ureta y apasionada por Las tiendas del desierto, buscaba algunas raíces de este poemario. Al Dr. Jorge Puccinelli, debo el auspicio de la Facultad de Letras para publicar Abril y Lejaníay mucho le debo y además, fue él quien con gesto protector me devolvió alguna solicitud que hice pidiendo mi subrogación; se lo agradezco. Mucho le debo al Dr. Luis Alberto Sánchez y el Dr. Manuel Beltroy.

Más adelante fueron también maestros entrañables la Dra. María Luisa Saco, el Dr. Carlos Rodríguez Saavedra. Cuando estuve trabajando en el Departamento de Arte, la Dra. María Luisa trató de convencerme para que oficialmente siguiera Arte. Me prestaba sus láminas, libros, me ofreció fechas para dar examen en sus cursos pero no logró romper mi resistencia por dos cosas, una, yo creía incompatible trabajar en un lugar y ser alumna al mismo tiempo, otra, siempre detesté dar exámenes porque me quedaba con la mente en blanco.

El Dr. Rodríguez Saavedra, alguna vez me regaló un tiempo precioso, llegó mucho antes de su hora para darme una clase magistral sobre Leonardo.

Mis amigos, los alumnos, estimularon mi sed nunca colmada de lecturas. Algunos, trajeron para mí el título de un libro, otros los libros en préstamo; no me hice erudita, pero sí me enriquecí y mi poesía también.

Carlos Núñez Villavicencio –maestro ejemplar quien dio a San Marcos trece años de su vida, y el resto a la Universidad Cayetano Heredia; ambas y este país que hace sentir a sus maestros mendicantes le deben un reconocimiento–,. me acercó a la Ciencia con sus conversaciones que a veces terminaban en clases, como respuesta a mi curiosidad o a su pasión por trasmitir conocimiento.

Es cierto que esa aproximación trajo consigo, también, junto a la admiración por los científicos, por la Ciencia, el horror y el temor que un día Un mundo feliz fuera una realidad. No estábamos equivocados, ni él, ni yo. Estamos en la ruta.

Cómo olvidar a Francisco Carrillo, nuestro Paco, que acogió en Haraui: Triunfo de ICARO, uno de esos poemas que recuerdo haber escrito sin pausa, de un solo aliento y en la máquina del Departamento de Arte. Más adelante recibió para su revista El espejo invertido. No quiero hacer de estas notas una lista de nombres, pero sí decir que para mí finalmente, mi vida fue una vida rica en cuanto a relaciones personales. Algo le debo a alguien de aquéllos a quienes estuve o estoy cerca.

La época que me tocó vivir nutrió mi obra y eso ella lo dice en lo que expresa o en lo que calla. Nada me fue ajeno, nada me es ajeno. La aventura del hombre me llena o me llenó de gozo, de vergüenza, de respeto, de desprecio o de una gran ternura.

Para decir algo que concierne a mi creación y a algunas afirmaciones, reitero: cuando leí un libro, vi cine, o estuve frente a un cuadro, siempre me situé frente a ellos, no sólo con avidez sino con la actitud de un niño, con el asombro de un niño, o con el asombro del ser que por primera vez descubre el universo. Nada me parece desdeñable.

Cuando leemos un libro, o estamos frente a otros objetos artísticos, no estamos solos como tampoco lo estamos cuando conversamos con alguien, real o imaginariamente, porque estamos recorriendo la tenue línea del tiempo y todo se puebla, no de sombras, sino de realidades que dialogan con nosotros, llámense personajes o paisajes y no sólo se hacen visibles, nos modifican, nos modelan el espíritu.

Cuando escribimos tampoco estamos solos, en esa nueva materia organizada por nuestro cerebro cabe incluir ese mundo tierno que nos acompaña desde la niñez, desde siempre, o ese mundo de ilusión, o esa realidad descarnada, terrible, o perversa. Todo es posible.

Me desconcierto cuando tengo que decir, que hablar de los libros, de la música, de la pintura, del arte en general y señalar mis preferencias, me desdoblo respondiendo con cierto facilismo mientras otra parte de mí misma se rebela, reflexiona, incluso días después, en cuánto he visto, cuanto he oído, cuánto he leído, pienso también en cuánto he olvidado pero sé que aún eso forma parte y dejó huella indeleble en mí y se traduce en mi obra. Y, con más dolor pienso en cuánto por leer, por oír, por ver.

Todo deja de ser imaginario cuando el creador le insufla soplo de vida, le da un entorno en un fino trabajo de recomposición, de reordenamiento, para crear esa “otra realidad” no menos válida ni más dulce que la realidad misma.

A punto de convertirme en estatua de sal o perder a Eurídice debo dar un salto hacia delante y agradecer a la Dra. Esther Castañeda, quien ha seguido desde siempre mi poesía y me dio el privilegio de asistir desde el Primer Encuentro de Poetas Sanmarquinas, hasta este último, y no sólo agradecerle, felicitarla por esa entrega y excelencia con la cual trabaja en las diferentes actividades que se propone. Agradezco también a todo ese equipo que se ha desvelado para hacer posible este “encuentro”.

Me resta, solamente, decirles que entre pérdidas y contentamientos fui acabando mi tiempo, ahora, recorro un túnel que me lleva a ninguna parte. Gracias por este alto en el camino, este momento que me llena de regocijo pero también de añoranzas.

 

1 Leído en el Tercer Encuentro de Poetas Sanmarquinas, el lunes 29 de octubre de 2001, en el Instituto Raúl Porras Barrenechea