La pánica hermosura. Agonía en la poesía de Carmen Luz Bejarano
Sonia Luz Carrillo
Nadie anhela la pánica hermosura
del reencuentro.
Cuando el cuerpo ahíto de encierro
Y en pos de fábula vivida torna
Sólo acaricia espantos
- La Dama del Sosiego
Agonía, en acepción original es lucha, contienda y agon, de la que proviene, tuvo en sus orígenes también relación con reunión, asamblea. Traslada a nuestra lengua, deriva de ella nociones como antagonista, el que lucha contra alguien y también protagonista el que aparece primero en los juegos o en las luchas. Este ejercicio de voluntad de Ser, hasta los más dilatados extremos, es lo que se encuentra con frecuencia en la poesía de Carmen Luz Bejarano.
Pocos autores en la poesía peruana han cantando con tal persistencia y tan abismante fervor a la experiencia de la proximidad de la muerte como Carmen Luz Bejarano. Pero ante el proceso del acabamiento no es autocompasión lo que se encuentra en la poesía de esta autora grande en la literatura del Perú. No, hay reflexión honda y, también, pronunciada rebeldía. Lo que encontramos es agonía en su significado más profundo. La poesía aparece en muchos textos como an-–agonista. La vida es la prot-agonista.
La relación poeta–muerte es siempre tensa, como la cuerdas de un violín, por momentos exasperada, como cuando la voz que habla en un poema de La Dama del Sosiego (1991) llega a la irrisión y llama a la muerte “Madraza ambigua” y señala la índole de la contienda: “aunque indócil me subleve / tiéndome con díscolo fervor en tu regazo”. Y más aún cuando sigue diciendo:
Midiéndonos los pasos en recíprocos
afanes a trote desigual nos hermanamos.
Y no sé a quién mayor pasión le gana
y más empeño en tan rara coincidencia.
Estremece la conciencia de lo que le espera a la materia que animamos en estos breves textos del citado libro:
Me segarás los ojos. Deshojarás mi cara
a voluntad me harás corroída materia.
Pero no me des para morir
enemiga tenaz más de una muerte.
[…]
Desfloras los cuerpos a tu paso
ajena al improperio y al dolor
Distraer eternidad en forma tal
ha de saberle mal a la guadaña.
Qué lejana la alusión extraña y serena que aparecía en los textos de la juvenil autora de Abril y lejanía (1961): “Morir es dulce / Como el viento / cruzaré las manos / alas dormidas / en la agonía / de la tarde”. Ante versos de esta impecable factura, el maestro Alberto Escobar, al prologar Abril y lejanía, dice:
Sus versos semejan parábolas cuando serenan el desgarrón entre lo ideal y lo real; cuando orientan el recuerdo y lo inmediato en insospechable alianza, gobernada por un tiempo interior que, con la mayor sencillez, desconcierta y reconstruye elementos menudos.
Y luego advierte: “Ni la experiencia ni el sueño en este libro, lector, son documentos; ellos crean activamente, actúan; como si el poeta consintiera la vida –la suya y la nuestra, lector– para rehacerla.” 1
Desde Aracanto (1966) aparece la noción de fiera rebeldía frente al acabamiento, como en este poema en el que también empieza a vislumbrarse el tema de la nada, caro tema del existencialismo y que fuera insistente en la poesía de aquella década :
Muerte mía
doméstico animal sobre mis hombros
creces, creces
sueltas tus buitres en las noches turbias
y en nada creo
sólo en ti y en el horror de tu esqueleto
Me revuelvo furiosa
colmillos, fauces, garras,
todo inútil
renaces diariamente
En aquel conjunto de depurados textos y bajo el epígrafe de Federico García Lorca que dice “Son los muertos que arañan con sus manos la tierra”, se nos da cuenta de la muerte de un niño “Era junco, era hierba / solo una brizna / y en el pico de una alondra / sombra y vuelo / se marchó” y la voz que habla desde el poema se refiere a la muerte con versos como: “sólo la muerte danza / garfios de luna llena”. Aracanto finaliza con estos versos: “Muerte mía, mis ojos taponarán tus cuencas / y nadie verá en ellos la luz de los espejos”.
La vida de Carmen Luz estuvo entregada a la construcción de una de las poéticas más sólidas de nuestra patria. Obra de autenticidad, testimonio de pasión y virtuosismo. Con acierto en el año 2000, Oscar Araujo dice respecto a nuestra autora :
Lo notable de Carmen Luz es que ella hace de la sinceridad virtud. Es decir, su emoción se revela intensa y casi en estado puro y está conducida por una palabra poética trabajada con cincel de artífice [...]” 2
Con Carmen Luz Bejarano la crítica literaria ha sido excepcionalmente esquiva, cuando en 1988 el profesor Ricardo Falla y yo publicamos Curso de Realidad. Proceso Poético 1945–1980dedicamos ocho páginas al registrar su producción en diversos instantes, 3 ninguna otra antología de poesía peruana le había dedicado el espacio que su alta calidad ameritaba.
Augusto Tamayo Vargas escribe en 1965, unas breves frases en el tomo II de su Literatura Peruana, las mismas que reproduce con un leve agregado en la edición de 1993:
Carmen Luz Bejarano, quien en 1961 publicara Abril y lejanía; su característica: la ternura [...] en 1963 apareció otro cuaderno suyo: Giramor, poemas comprimidos, donde la metáfora –expresada tímidamente– sigue jugando principalísimo papel. Simple, elemental, con gracia discreta, C.L.B. editó Aracanto; y luego Harawi hizo una especial presentación de su obra. 4
Para el verdadero artista, sin embargo, y Carmen Luz lo fue de cuerpo entero, los momentos “en los que se siente vivir” son los de la creación. Creación que se hace camino y espacio al margen de los efímeros reconocimientos y los episodios de la mezquindad. Por eso, cuando en 1986 fue preguntada por la revista La casa de cartón, acerca de sus Bodas de plata en la poesía, le leímos:
Desde mi primer libro Abril y lejanía hasta los últimos, inéditos, que iluminan los cajones de algún escritorio, han transcurrido algo más de 25 años. En este largo y terco ejercicio de escribir reuní algunos poemarios, canciones, y una novela. En un recuento de lo hecho nos emociona la obra concluida, pero nada hay más fascinante que el trabajo mismo: la etapa de preparación de una obra. Esos son los instantes en que uno se siente vivir. Ser poeta en el Perú, es difícil. Tanto como ser mujer. Y, mujer poeta, ¡mucho más! Sin embargo, sé que seguiré escribiendo, aún tengo proyectos; cuando no tenga nada que decir, me callaré. Junto a los textos publicados y no, acumulé también buenos recuerdos y de los otros, anécdotas hermosas, con respecto a mi poesía, y de las otras. En nuestro medio los hombres que escriben exigen a las mujeres que escriben lo que no a sus congéneres. Ojalá haya día en que no se hable de poesía Femenina sino sencillamente y con justeza de Poesía.” 5
Meditaciones sencillamente sabias como las contenidas en sus libros: “SERÁS EL QUE VE / si descifras / lo que no dice / el agua / el viento / el ave / los astros / y / aun aquello / que no guarda secretos”, diría en Tambor de Luna(1988).
La poeta había afirmado rotunda: “Sé que seguiré escribiendo”. Y es admirable la forma como cumplió con su propósito y continuó brindándonos su voz hasta el último tramo de su Existencia en poesía, tal como tituló a la selección de poemas que publicara el año 2000.
La fugacidad le agrega encanto a la vida, escribió Sigmund Freud. La percepción de lo bello mientras dura impele al creador a torcerle el propósito a lo perecedero. Por eso, una vez más en La Dama del Sosiegonos confiesa “Intento esquivarte las vigilias / y me lanzo a vivir como si nada”. Pero es lúcida la conciencia de lo vano del intento y por eso sigue diciendo “Inútil. Porque a término condenas / y en pasmos sucesivos nos cobijas.”
La muerte planea sobre los instantes que se propician calmos, no hay forma de obviarla por más que se ensaye, la quietud del vuelo. El pensamiento sobre la propia muerte es atormentado en este conmovedor texto :
Garrapatea su número
la muerte
sobre el ala dormida
a ras de viento
Grávida de claridad
en el ocaso
el alma ensaya
su quietud
en vuelo.
Hiere la sombra,
a vigilia sueña
Se alza la frente
caracola en trance
e instantáneas
se ausentan las pupilas.
Al carácter ineludible de lo perecedero se opone el amor. La huella sutil de Quevedo espejea en estos versos:
Y aunque en frágil materia estañara el amor
no es vana la huella que conmigo te lleva
incorrupto rescoldo que siguiéndome en brasa
hará dulce mi estancia en el hoyo perenne.
En el hermoso libro Juegos de Casandra (1999) la voz poética dialoga con una ausencia y convierte este diálogo en ocasión de reflexionar sobre la propia existencia. La poeta se interroga “¿Es acaso la vida / este breve durar / este encierro / este cerco que acosa en soledad / o / el abismo que atrae?” Por ello la insistencia del “soy”, “yo soy” y finalmente “seré” que aparece en el poema I y que me permito citar en extenso:
La soledad es un espacio derruido
en el se refugia el ojo de la Muerte
en él
yo me refugio.
Una fugaz estrella se precipita
y me deja su reflejo como un cepo de luz.
Descifro el ambiguo tronar del mar /y en sus dudosas islas /reconstruyo mis naufragios.
Yo soy esa sucesión de rostros
Anudados al tiempo
Al mar
a los recuerdos
[…]
Cuando este litoral soledoso
se orispe en tempestad
Sólo seré en mi último refugio
Partícula de un sueño
o la nada que aún sueña
y tú estarás allí
iluminando mi cuerpo
a pausas
silenciosamente
para no perturbarme los recuerdos.
Carmen Luz no cesó de escribir. Su combate con el acabamiento, su agonía, la devuelve victoriosa en julio del 2002, iluminando nuestra estancia con los 22 nuevos poemas de El grito.Uno de los libros más auténticos y conmovedores de la poesía peruana. Se acerca el momento final, 6 sin embargo, encuentra lugar para otear otra dimensión con curiosidad y hasta un leve toque de humor:
Quizás cuando yo vuelva
saltamontes
o
anémona de mar
no herrumbraré los cielos
con inútil plegaria
ni tendré este aire innato
de mujerzuela púdica
El cuerpo –como lo señalé ya en una reseña publicada a propósito del libro y que, lamentablemente, no alcancé a que leyera– es una realidad punzante nombrada con insistencia “Se me desgaja la vida / en crudo”, dice un texto. El antagonismo Vida– Muerte se revela intenso.
Soy colmillo
soy garra
Duermo a merced de la guadaña
Soy frágil
este trozo de tierra
En vida que germina
Artera lanza
Le hiere los costados
Me desangro.
En el tramo final de esta contienda se interroga al misterio:
¿Era necesario ennoblecer el barro
distraído Señor de la armonía? ¿ Qué hacer con este cuerpo
que gobierna a golpe intermitente
mis lunas y mis días?
El cansancio se deja sentir: “Este jugar continuo / que alumbra / mi desvelo / va mermando la gana / de vivir.”
El grito, con portada de Narciso de Caravaggio, fue una renovada ocasión para el deleite que siempre produce encontrarse con un objeto estético fruto del pensamiento en alto, la emoción fidedigna y la elección y combinación depuradas. Así se lo dije en nuestra última conversación telefónica, así lo escribí en la reseña aludida y ahora lo repito convencida de los valores extraordinarios de su obra poética en conjunto. Expresión de una notable cultura poética y diestro, conciente, uso de la palabra.
“Es tan distinta la vida cuando todo paso es una despedida”, había dicho pocos días antes Ernesto Sábato. Las almas grandes, concluido el combate, aguardan con serenidad el gran momento. Serena es la atmósfera de los dos breves poemas que cierran El grito:
¿El mar?
desencantada siempre retorno
a tus orillas
para lamer tu frente
y yacer en tu costado
Me gusta
ese mecerse suave
y el feroz arrebato que destruye
peñascos
Carmen Luz cierra con maestría el libro. Con levedad y violencia. Sólo quien ha sabido y sabe perseguir la palabra adecuada y plantarla en el lugar adecuado, pudo con tal gracilidad rubricar: “Mansa arena / tiempo que ondula y cae / con la fuerza del tajo.”
Y quedarse con nosotros.
1 Escobar, Alberto 1961. Prólogo a la primera edición de Abril y Lejanía. Lima: Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Edición dirigida por Luis Alberto Razetto y Javier Sologuren. Nota de los eds.: véase reproducido íntegramente en este libro.
2 Araujo, Óscar 2000. Como una espada en el aire. Generación poética del 60. Lima: Noceda editores, p. 27.
3 Falla, Ricardo y Carrillo, Sonia Luz 1988. Curso de realidad. Proceso Poético 1945–1980. Lima: Ediciones Poesía / Concytec, II tomos. En el Primer Tomo pp. 95, 96, 252, 253; en el Segundo Tomo pp. 367, 368, 369 y 370.
4 Tamayo Vargas, Augusto 1993. Literatura Peruana T III, Lima: Peisa, pp. 967–968.
5 Bejarano, Carmen Luz 1985–1986. Entrevista. La casa de cartón (Callao) 6:8. 14.
6 En esas circunstancias, la visité en la Clínica el 29 de agosto de 2002, leí para ella algunos poemas de El grito recién publicado, bromeamos, como siempre, recordando la confusión que nuestros nombres compuestos generaban en algunas personas y me obsequió un ejemplar con una dedicatoria que releo una y otra vez llena de gratitud e inmenso cariño. En ella menciona que se encuentra “en estos momentos últimos, de esta mi última estancia en el ‘cuarto del final’.
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