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Carmen Luz Bejarano

Carmen Luz Bejarano: Un acto doloroso 1

Entrevista realizada por Roland Forgues

 

Roland Forgues: Antes de que empezara a grabar esta entrevista, mientras estábamos conversando así a rienda suelta sobre tu poesía, me señalaste también que tenías también una novela inédita. Tal vez podrías hablarme, para comenzar, de las motivaciones que te llevaron a incursionar el género narrativo.

Carmen Luz Bejarano: La primera respuesta concreta que yo me di a mí misma fue que los límites del verso y del poema ya no eran suficiente para expresar aquello que yo quería expresar que era algo que venía como un torrente con una incontenible necesidad de manifestarse. Cuando leí Cien años de soledad que fue lo primero que leí de García Márquez, consideré que García Márquez se había encerrado en una habitación y no había salido hasta terminar la novela porque me pareció escrita tan fácilmente y de un solo tirón. Después leí otras cosas y empecé a ver todo el trabajo de preparación para la novela. Casi diría esto –salvando las distancias entre García Márquez y Carmen Luz Bejarano– que las experiencias de los grandes y de los pequeños son muy semejantes. Uno lee las experiencias de García Márquez y se da cuenta de que son muy parecidas a las suyas. Entonces, creo que lo que escribí antes, Abril y lejanía, Aracanto, Juan Angurria, preparan la novela. Incluso diría que mi novela es el poema más raro que he escrito.

 RF: ¿Quieres decir con esto que lo que aparece en tu novela ya estaba en germen en tu poesía?

CLB: Absolutamente. Todo lo que está desarrollado en la novela está en los libros anteriores, a veces es la misma imagen. Pero a veces he pensado también que era una especie de reto que me había planteado a mí misma. Porque una vez oí que una poetisa argentina que había venido acá decía que en el Perú no existían narradoras. Entonces tal vez influyó también ese vernos negada las mujeres peruanas para este tipo de cosa. Podría haberme mantenido en esta segunda versión si no fuera que revisando papeles anteriores ya encuentro el intento de escribir un cuento, frustrado y dejado. En realidad mi novela se inicia así por la idea de escribir un cuento y luego el material me va ganando. Pero, como te digo, la novela viene preparada por los libros de poesía anteriores.

RF: Y ¿cómo te vino la pasión por la creación poética y por la escritura en general?

CLB: Creo que empiezo a garabatear desde muy pequeña, pero sin la idea de que eso me pudiera hacer más tarde poeta, o una persona con la necesidad de escribir permanentemente. Desde muy chica también miro mucho a las personas que escriben y leo todo lo que está a mi alcance sin seleccionar mis lecturas.

RF: ¿Te ayudó mucho eso el ambiente familiar?

CLB: Yo me desprendo del medio familiar muy temprano porque me vine a estudiar aquí, en Lima. Yo soy de un pueblo del sur donde apenas había una escuela y no sé por qué deciden la maestra y mis padres que deben mandarme a estudiar en Lima. Yo tenía diez años y este fue el primer desgarrón y también el primer impulso porque recuerdo que mi padre me regaló una vez una antología para niños donde leí muchas cosas interesantes. Antes yo había descubierto algunos libros de mi abuelo, de poesía sobre todo, y cuando me internan en el colegio tengo muy pocas posibilidades de leer con las horas de estudio. Pero estas horas de estudio significan para mí explorar El tesoro de la juventud, descubrí la mitología griega. Pero ya desde entonces tengo ya muy definida en mí es acosa de leer por gusto, por el placer de leer.

RF: ¿Qué importancia ha tenido para tu poesía el hecho de haber nacido en Acarí, esto es en un pueblecito desértico de la pampa nazqueña?

CLB: Yo nazco en Acarí pero me crío en un pueblo cercano que se llama Tanaka que es la zona de mar, la playa a la que la gente de Yauca se trasladaba a veranear por una costumbre ya de abuelos y tatarabuelos. Yo tengo hacia el mar un sentimiento ambivalente: por una parte siento un gran amor, una gran pasión por el mar y, por otra, un gran terror.

RF: ¿Cómo fue tu primer contacto con Lima? ¿Qué significó para ti ese traslado de un pueblo a la gran ciudad?

CLB: Lo veo desde aquí como una ruptura. Entonces yo no advertía sino una gran cosa: la distancia con mis familiares; curiosamente en esa época consideraba que podía vivir en cualquier lugar donde estuvieran mis padres. Extraño Tanaka, la zona del mar, no Yauca porque no extraño la tierra. Entonces yo creo que no soy muy consciente sino del desgarrón de la familia y del mar. Eso hace que aquí en Lima no me guste ir a la playa porque ir a la playa aquí en Lima significa estar en un trozo de arena con la pierna de una señora encima, la cabeza de alguien a tus pies y el ruido de los radios; no puedes escuchar realmente el sonido del mar, los ruidos de los que sí disfrutaba en mi tierra.

RF: Tampoco se puede escuchar en Lima el “canto de la sirena que viene del mar”, como dicen los campesinos de esa zona sur de Acarí, Nazca, Coyungo y Maijo Grande, y de todos esos pueblitos que se sitúan camino entre el mar y los Andes.

CLB: ¡Ah, no! Ahora que te refieres al canto de la sirena estoy pensando que no vi muchos barcos en mi pueblo. Mira, una sola tarde recuerdo haber visto pasar un barco y este barco está permanentemente en mi poesía. Es más: también se traslada a mi novela este barco que se pierde en la bruma y simboliza tantas cosas.

RF: ¿Te acuerdas de tus inicios poéticos? ¿Cómo surgieron tus primeros poemas?

CLB: Los primeros poemas los escribo en el colegio a los diez u once años. Eran desastrosos y quisiera que nadie conservara memoria de ello. Luego llego a la Universidad siempre con estos cuadernos garabateados y guardados celosamente para que nadie descubra que escribo, casi como un pecado grave. En la Universidad pasa el tiempo; me caso y un día paseándome con mi esposo encuentro a un compañero de colegio que me dice: “Tú escribías, ¿dónde está tu poesía?”. Entonces mi compañero dice: “¡Cómo, escribes! Me gustaría leer tus cosas”. Y así fue, le leí algunas y luego por iniciativa de él se las enseño a Alberto Escobar. No eran los primeros poemas, sino los que constituyen Abril y lejanía, exceptuando el primer poema que fue escrito después. Escobar los encuentra interesante y me recomienda enviarlos al concurso de Cuadernos Semestrales de Poesía 2 . Yo me deslumbro por primera vez y los envío, con seudónimo naturalmente. Y el libro consiguió una mención honrosa. El primer premio lo ganaron Javier Heraud y César Calvo y el segundo, creo que fue Mario Razzetto. Esto fue indudablemente un impulso mayor porque me veía con la responsabilidad de un primer libro y la necesidad siempre de seguir escribiendo.

RF: Tú eres, precisamente, una de las poetas más fecundas de este país y me gustaría saber cómo vas trabajando y organizando los poemas para que conformen un libro.

CLB: Con muchas dificultades, cierto. No interviene la voluntad de escribir de crear un libro, sino la necesidad de escribir. El libro, muchas veces, lo organizo después. Soy muy exigente con lo que escribo, aunque a algún lector no le parezca. Corrijo permanentemente. Cuando doy por terminado algo es porque, desde mi punto de vista, desde esto que yo quiero expresar, está listo. Cada uno de mis poemas va dejando en la papelera un montón de borradores.

RF:Abril y lejanía y Giramor, tus dos primeros libros, están fechados el mismo año 1961. ¿Surgieron juntos?

CLB: Sí. Ellos ingresan permanentemente en mis vivencias. Giramor está dedicado a Maritza, mi primera hija, a la que veo jugar. Yo no sé hasta qué punto soy autora de ese libro y no Maritza más bien. Giramor es mi experiencia como madre.

RF: ¿Reconoces algunas influencias exteriores en estos primeros poemarios?

CLB: A mí es muy difícil determinarlas si las hay; pero en eso hay una anécdota muy graciosa que te quiero contar. Alguna vez alguien –me parece que fue Julio Ortega en La Tribuna, pero no recuerdo muy bien– celebró Giramor citando algunas influencias. Y eso me alegró mucho porque me encontraba pareceres con autores que yo no había leído. No me alegraba por no haberlos leído, sino por parecerme a ellos sin haberlos leído. Cuando lo del concurso de Cuadernos Trimestrales de Poesía también escuché decir que mi libro, Abril y lejanía, traía la influencia de un Garetti. Fue muy interesante porque no conocía a un Garetti y me lancé a leerlo no para ver coincidencias sino para salir de la ignorancia.

RF: A la luz de los años transcurridos, ¿ves mucha diferencia entre Abril y lejanía y Pentagramas ebrios, tu último libro publicado?

CLB: Inicialmente yo los veía muy diferentes el uno del otro. Pero, curiosamente, hace poco estuve revisando Abril y lejanía y me encontré con que en ese libro ya están todos los elementos de lo que va a ser después mi poesía. Ahora, claro en la medida en que mi madurez se hace mayor, el tratamiento es distinto también. Pero muchas imágenes se reiteran y sigue la persistencia dentro del poema de la cosa vivida. Pero en algún momento fui muy conciente de ello y decidí romper con todo lo anterior a nivel del lenguaje. Me encontré con unos poemas a la muerte que forman parte de un libro Pérdidas y contentamientos 3 –probablemente habrá que cambiar el título porque alguien me dice que Marco Martos tiene un título más o menos parecido tomado de Italo Calvino. Fue cosa de coincidencia y cambiar no me dará mucha pena porque me encontró bastante hallarlo. Inicialmente estos poemas a la muerte eran veinte; ahora son cincuenta y tres, breves. Cuando los leí después de muchos borradores los consideraba ya hechos hasta que un día, después de mucho tiempo –ese tiempo necesario para distanciarme del texto– los vuelvo a leer y encuentro que en ellos se reiteraban muchas imágenes de Abril y lejanía, Giramor, Aracanto, y de toda mi poesía anterior. Entonces decidí torcerle el cuello al cisne y empezar a crear un lenguaje distinto. Ahora, claro, hay una cosa que permanece: el estilo. Pero estos poemas de Pérdidas y contentamientos han sido trabajado desde otra perspectiva.

RF: Entre los temas recurrentes, hay algunos que vuelven muy a menudo. Pienso en especial en la soledad y en la muerte. “Morir es dulce”, dices por ejemplo en un poema de Abril y lejanía. ¿Sigues pensando lo mismo?

CLB: Es curioso, siempre tuve un terror por la muerte que me acompaña permanentemente desde niña hasta ahora. Aunque ahora, justamente, en Pérdidas y contentamientos hay un cambio. Pero para que se diera ese cambio fue necesario vivir muchas otras experiencias. Incluso en los últimos poemas hay un reto frente a la muerte. Pero yo te diré que no me resigno con la idea de morir que, en todo caso, cuando esto me ocurra me iré aullando. Me gusta vivir.

RF: Sin embargo esta actitud ante la vida y a la muerte no me parece tan evidente cuando se lee Abril y lejanía donde afirmas que “La alegría de vivir / no es alegría” agregando que “Como una herida leve / que rezuma, la vida / es apenas tristeza, / dulzura de morir.”

CLB: Concretamente, la anécdota es la siguiente: yo acababa de pasar por una experiencia muy especial. No sé si te causa risa esto, pero acaban de aplicarme anestesia por primera vez. Yo podía no haber despertado y no sentí nada cuando esto ocurrió. Entonces pensé que, después de todo, morir no es tan terrible; casi no lo adviertes. Pero también creo que mi actitud tiene otra raíz. Hay en mí una desadaptación total entre yo y mi medio; me es muy difícil la comunicación. Esto me hace pasar por etapas de depresión muy fuerte a etapas de euforia. Para mí escribir no resulta una catarsis –tal vez lo fue con los primeros poemas–, no es una liberación; es un acto doloroso, solitario; y al mismo tiempo mi mayor placer es el del trabajo, no el del libro terminado. Cuando termino un libro, me siento totalmente vacía.

RF: Y, ¿qué te impulsa a escribir, pues, si la creación es para ti un “acto doloroso”, como dices?

CLB: Necesito escribir. Necesito comunicar a los demás esto que soy yo, mi manera de ver y sentir el universo.

RF: Entonces la poesía para ti sería esencialmente voluntad de comunicación.

CLB: Sí, y un sacarse el alma afuera para darse a los demás a través de la palabra que es el único instrumento con el cual uno se puede expresar.

RF: Quisiera volver ahora a estos tres otros temas recurrentes en toda tu poesía que son el tiempo, el mar y la naturaleza. “Tuve del mar las algas y el ocaso, /”, dices por ejemplo en Aracanto, “los juegos marinos de la infancia, // y el olvido a la sombra de los molles. // Tierra amarga, retorno a tus peñascos. // Y soy sin barcas ni alegría / voraz gaviota devorando el tiempo.” ¿Qué influencia tuvo en esta percepción y expresión del tiempo, del mar y de la naturaleza, tu infancia en la zona de Acarí, Yauca y Tanaka?

CLB: Una gran influencia. Después de ese gran desgarrón que fue la separación, creo que veo mi tierra conmigo. De esto no he sido consciente sino hasta ahora. Incluso en mi novela digo que caracol que no lleva su casa entre los hombros no es caracol. Yo siempre traje mi tierra conmigo. Y todas estas separaciones te colocan frente a la fugacidad del tiempo y no sólo del tiempo sino de la vida también. Ahora la infancia es la edad de oro, el paraíso perdido. Pero muchas veces no tuvo nada de paraíso mientras se la vivió. Se hace paraíso después. Yo creo que es eso. Mi tierra era algo querido, algo muy hermoso pero al mismo tiempo algo muy dramático, terrible. Entonces mi tierra está lista desde este doble lado, positivo y negativo.

RF: ¿Sólo así se explica esta gran obsesión tuya por el tiempo, ese tiempo de “vivir sin tiempo” y que “mutila las frases iniciadas”, como escribes en Giramor?

CLB: En estos versos que citas hay una especie de grito frente a ese tiempo que no nos permite detenernos en nada, ni en aquello que amamos ni en aquello que nos puede hacer crecer, madurar. Hay dos constantes en mi vida: el miedo a morir y el miedo a envejecer. Como verás, no hay cómo conciliarlas. Si no quiero morir, envejeceré más; lo estoy haciendo. Creo que estoy un poco divorciada de todo. No sé si estoy mirando desde más arriba o desde más abajo todo el quehacer y todo el acontecer de nuestro tiempo, y más allá diría de la humanidad, esta cosa que siempre es finita y de la cual sólo nos queda recuerdos. Después de todo, mañana tendré el recuerdo de esta entrevista en la cual no sé cómo me estás haciendo hablar. Es eso la fugacidad. Sí, el tiempo es algo terrible. Una vez que la arena descendió totalmente, tú no puedes regresarla hacia el recipiente que la contiene y que te da el paso del tiempo.

RF: En la contracarátula de tu libro Furia de la arcilla escribes: “En Abril y lejanía, Giramor, Aracanto, construí mis propias islas” añadiendo en seguida. “Cuando me cansé de inventar gaviotas abrí mi garganta para dar paso a la furia”. ¿Cómo se dio esta toma de conciencia?

CLB: Alguien me decía una vez: “tú siempre hablas de gaviotas pero ¿dónde están las gaviotas en tu tierra?”. En realidad yo sólo una vez creo haber hablado de gaviotas y era una gaviota muerta. Mi tierra no tiene gaviotas ni es ese paraíso que se perdió. Por eso tal vez hablo de tierra amarga. Mi tierra entraña dolor, entraña miseria, entraña muchas cosas terribles. En mis primeros poemas aparece una tierra bella, tal vez, pero es también una tierra de cenizas donde no hay un solo árbol en el mismo Tanaka. El único paisaje es el mar. Cuando digo que inventé mis propias islas me refiero al hecho de haber embellecido la infancia, de haberla ubicado en una especie de paraíso primitivo, pero con todo ese encanto que tienen los paraísos. Después soy consciente de aquello y ya me fatigo de embellecer porque primero tiene belleza propia y segundo porque no tiene la armonía total. Entre el hombre y la naturaleza hay una lucha cotidiana y permanente, y entre hombre y hombre, también.

RF: Justamente, me parece que en Furia de la arcilla se da un paso más amplio hacia lo social, lo colectivo, que en tus primeros poemarios.

CLB: Sí, seguramente. Empiezo a salir de mi isla protectora, de esta especie de nube creada para mantenerme alejada del dolor colectivo, del quehacer colectivo. Probablemente me llevan a eso mis lecturas, una visión más concreta de los hechos históricos que se producen. Por ejemplo Triunfo de Ícaro va a nacer cuando la protesta del Perú contra las bombas atómicas que hacen explosionar los franceses en Mururoa. Probablemente el sentir la amenaza me hizo escribir el libro de un solo plumazo, casi no hice correcciones. Pero también hay algo social en Aracanto, el libro que precede a Furia de la arcilla.

RF: Es cierto lo que dices, que aparece lo social en Aracanto, pero creo que en Furia de la arcilla aparece una conciencia más materialista y más colectivizada cuando dices, por ejemplo: “Adán / no hay oro ni tierra prometida / ni vid ni amor de cántaro / ni barca de Noé sojuzga tempestades / ni paloma ni olivo en el perfil del aire”.

CLB: Sí, tienes razón; hay efectivamente una conciencia más colectivizada. Hay también una negación de lo religioso a través de los mismos símbolos religiosos. Es el momento en que opto también, porque me doy cuenta de que algo hay que hacer para cambiar esto. Pero no creo tampoco que haya en mí una actitud partidaria porque siempre pensé que la poesía no ayuda a cambiar nada las estructuras sociales. Pero creo sí que la poesía nos coloca por lo menos frente a la denuncia. Es cierto que con pequeñas pausas voy a volver a las islas anteriores, pero no con la misma emoción o conciencia anterior; en adelante mi poesía, a pesar del juego o del poema que se inventa una realidad más afable, ya no se libra de lo social.

RF: En Triunfo de Ícaro, justamente, tienen mucha importancia los mitos: Ícaro, Sísifo, Job, Saturno, Cristo, Lázaro, Abel, etc. ¿Cómo explicar este fenómeno cuando acabas de decirme que estabas tratando de negar lo religioso?

CLB: Trato de negarlo, pero me va quedando. Al recurrí al símbolo de Sísifo, cuántas palabras me ahorro para traducir el quehacer muchas veces inútil del hombre. Soy consciente de que la lucha por la paz no es una lucha inútil, pero cuando la paz tarda en llegar es natural tener instantes de desconsuelo e incluso ver esto como un eterno subir y rodar hacia abajo. Ahora, ¿por qué utilizo los mitos? Porque están en mí desde muy temprano y empiezo a vivir la aventura de Sísifo, de Job aunque en el caso de Job es más bien un volverse contra esta resignación, es negar todo aquello que nos enseñaron la familia y los “educadores” con respecto a la resignación. Detesto la resignación aunque a veces yo misma pueda considerarme un ser pasivo aunque desde el momento en que escribo un verso ya no soy un ser pasivo; ya participo de alguna manera en el quehacer de los demás para alcanzar tal o cual objetivo. A veces me he preguntado hasta qué punto una poesía con estos signos culturales puede llegar a los demás. No sé si para bien o para mal siempre he pensado que la solución no es construir chozas para todos y creo que esto se puede aplicar a la poesía.

RF: Aquí estás planteando el problema del destinatario de la poesía… Difícil problema que seguirá haciendo gastar tinta, por muchos lustros, creo yo, como la querella entre los “antiguos” y los “modernos” que se va renovando siempre que aparece una nueva hornada de creadores.

CLB: Sí, pero en lugar de hacer chozas para todos, yo creo que tenemos que hacer la vivienda digna para todos. Encuentro que los escritores que dicen que hay que escribir para el pueblo tienen un concepto ofensivo, agresivo para el pueblo. Yo recuerdo la anécdota de Reyes sobre el campesino al que se le da a leer la Ilíada y la Odisea y luego se le pregunta y él dice que no lo entendió pero que desde entonces los hombres son más grandes y hermosos.

RF: Crees en la necesidad de crear una morada digna para los hombres, y estoy de acuerdo contigo; pero curiosamente en tu libro Del amor y otros asuntos estás expresando una gran desconfianza frente al progreso y frente al presente. En el poema “Parábola de ayer” afirmas, entre otras cosas, que “estamos creciendo robots” y que medusas cerebrales arrancan nuestros ojos o algo así. ¿Cómo explicas esa desconfianza?

CLB: Tal vez porque eso que tú llamas ‘progreso’ no es utilizado para el bien del hombre, sino que resulta una amenaza más para su vida. Siempre esa doble manera de sentir el universo. Yo utilizo también los mitos un poco en ese sentido, para negarlos y destruir ese orden que me parece incoherente; y para construir esa morada para el hombre que la mayoría desea.

RF: Y ¿qué relación ves tú entre el mito y la poesía?

CLB: El mito es poesía. La poesía apela, creo yo, a todo aquello que le puede ser útil; y el mito la ayuda a trascender el espacio. Entonces lo que los vincularía es un poco el sentido de la trascendencia.

RF: En tu último libro publicado Pentagramas ebrios observo un cambio notable en la forma de los poemas. Hay versos que se repiten como estribillos, como si se tratara más de cantos que de poemas. ¿Hay alguna explicación?

CLB: No te has equivocado, estos textos fueron trabajados para canciones –pero esto faltó aclararlo en el libro– y me disgusta un poco haberlos publicado, en cierto modo, sin el apoyo de la partitura. Y lo siento mucho más con un poema como “¡Ay amor!” que te quiero leer: “Un pueblito lejano entre graves montañas / leve el aire en el aire el aroma de un sueño / por mirarme en su cielo y aprender la alegría / de fugaces estrellas desandé los caminos / ¡Ay amor! que me diera tan severa lección / por mirarme en sus ojos / yo perdí el corazón”. Te lo he leído tal como me hubiera gustado incluirlo en un libro de poemas, sin las reiteraciones. Las reiteraciones fueron hechas para la canción.

RF: ¿Consideras que existe una “poesía femenina”? ¿Qué reflexión te inspira este tipo de calificación?

CLB: Lo de “poesía femenina” es una cosa extrema y yo me niego siempre a los extremos. Tal vez se hable de “poesía femenina” porque nuestro medio prohíja la dicotomía utilizando este término con cierta connotación peyorativa. A mí no me molesta el término poetisa, ahora entiendo que este término no alcanza en nuestro medio el de poeta. Alguna vez yo le decía a un poeta muy amigo: Ustedes exigen a las mujeres lo que no exigen a los hombres que escriben. La poesía de la mujer no sé qué nivel tiene que alcanzar para que ustedes, los varones, la reconozcan. Siempre esa cosa del machismo. Pero me parece una aberración juzgar de distinta manera la poesía de los hombres y de las mujeres. Yo creo que es extremo negar la existencia de una poesía que tiene determinados rasgos, pero el hecho de ser escrita por mujeres no la hace menos valiosa.

RF: ¡Por supuesto! ¿Cuáles son tus relaciones con los otros poetas y con el medio intelectual limeño que, en su gran mayoría, es un medio compuesto de hombres?

CLB: Mis relaciones con mis colegas son muy buenas, pero nunca o pocas veces, he visto que se mencionara un poema mío o que se me nombrara en un artículo periodístico. Actitudes como éstas, si me han fastidiado alguna vez. Alguien, un poeta metido a crítico o a historiador de la literatura, escribió que en la literatura del país no había sino “mujeres que escriben”, no escritoras. ¡Imagínate! Es absurdo. Una vez le escuché una respuesta muy simpática a una feminista. Ella decía que la inteligencia no era cuestión de hormonas sino de neuronas. Pero aquí sigue existiendo mucho dentro de los varones esa cosa del machismo que se manifiesta en un desdén por las cosas que escribimos las mujeres. Pero eso no me ha afectado en absoluto. A veces digo: bueno, no soy poeta, pero escribo y no puedo dejar de escribir.

RF: Creo que tienes en proceso de edición un libro para niños. ¿Es la primera vez que escribes para niños?

CLB: A mí se me ha antologado como escritora de cosas para niños, pero no sé hasta qué punto es cierto. Me gustaría por ejemplo que Aracanto fuera leído por los niños, pero lo dudo. Con este nuevo libro que se llama Tambor de luna he emprendido conscientemente la tarea de escribir para niños. Escribir este libro me resultó mucho más difícil que los otros porque no quise caer en esa trampa de que al niño se le puede dar no importa qué. Yo creo que muchas cosas de lo que se está haciendo para los niños, más valdría que no fueran leídas por los niños.

RF: ¿Qué te agrada más de toda tu obra poética?

CLB: Es difícil de contestar tanto como cuando me preguntas: ‘¿qué autor te gusta más?’ Creo que cada libro responde a un momento y es entrañable por eso, porque responde a un momento especial de la vida, a una serie de circunstancias particulares. Por ejemplo en este momento se está haciendo la reedición de Abril y lejanía, pero se va a hacer tal como se hizo la primera vez. Porque yo no podría tocar mi libro ahora, ni introducir una serie de variantes porque ya no soy la Carmen Luz Bejarano que publicó Abril y lejanía. Igual ocurre con los otros libros, por eso me es muy difícil decirte cuál es el que quiero más. Sin embargo me descubro siempre leyendo Juan Angurria, algunos poemas de Aracanto, unos dos o tres de Giramor. Este buscar tal o cual poema y reiterarme la lectura tal vez sea una forma de acercamiento. Además hace muy poco tiempo que yo me reconcilié con lo que había escrito.

RF: Te reconciliaste, dices. ¿Por qué? ¿Te habías peleado con tu propia creación?

CLB: Me reconcilié en el sentido de que descubrí que lo que había escrito era poesía, mientras que hasta entonces lo consideraba como garabatos de alguna importancia para mí. Creo que en el camino fui dejando todo esto que me preocupaba en un primer momento. Cuando salió Abril y lejanía yo buscaba los diarios para saber si mi nombre aparecía. Después ya no me preocupa. Y esto creo que es muy importante haberlo obtenido a través del tiempo. Ahora lo que me interesa es trabajar intensamente. Es lo que más disfruto.

RF: Ahora te has vuelto Más serena, más poeta…

CLB: Sí. ¡Imagínate si escribir hubiera dependido de lo que los demás dijeran sobre mis libros!

 

1 Entrevista realizada en 1986 y publicada en Forgues, Roland 1991. Palabra Viva: Las poetas se desnudan. Lima: El Quijote. T. 4., p. 122.

2 Se trata de Cuadernos Trimestrales de Poesía.

3 Nota de los editores. Pérdidas y contentamientos se convertiría posteriormente en La Dama del Sosiego, publicado en 1991.