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Copyright © 2006 Alfonso Padilla y Maritza Núñez

Carmen Luz Bejarano

Yolanda Westphalen

 

CARMEN LUZ

El recuerdo suscita emociones que actualizan el tiempo pasado, es volver a vivir el tiempo que fue, la memoria sirve de puente entre el ayer lejano y el hoy inmediato y recrea una realidad que trasciende la distancia y nos ofrece una transrealidad en la cual participan y conviven situaciones que se generan en la conciencia, con una energía vital que se desborda en un acto de real inmediatez, que conlleva un gran valor emotivo.

Esto sucede cuando me aproximo a la imagen tan querida de Carmen Luz Bejarano. Fue en la Universidad de San Marcos donde nos conocimos e intercambiamos sueños, lecturas y experiencias.

Nuestras vidas tenían mucho en común, ambas habíamos forjado –cada quien– una familia muy amada, y a la vez trabajábamos y estudiábamos en la universidad sanmarquina. El escribir poesía las dos logró unirnos aún más al compartir un horizonte de metáforas y símbolos, la naturaleza nos deslumbró siempre a ambas en su fecundidad y en su hermosura, pero fue el mar con su esplendida belleza, el que forjó las vivencias más hondas en nuestro espíritu. Bien lo dice ella: “el infinito mar que nunca conseguí hacer mío”, nadie puede hacer suya la totalidad del mar, ni aún “cavando lentamente el horizonte y encendiendo remolinos de fuego”, la totalidad es un concepto, la ola, el olor a yodo y a sal, el perfil de una gaviota, un retazo de mar, son visiones concretas que logramos asirlas, poseerlas, vivirlas, en su instantaneidad. En esto Carmen Luz fue una maestra. Tanaka fue para ella infancia y vida, igual deslumbramiento y emoción tuvo para mí el puerto de Pacasmayo. Ambas amábamos nuestras confidencias, solíamos compartir emociones y experiencias.

¡Qué lejos y qué cerca tengo hoy a Carmen Luz!, pero sus libros viven en mí, sabiendo que morir es dulce como el viento y que ella escogió ser semilla, que lleva ya en la entraña el árbol del mañana. Tu palabra poética, Carmen Luz, crecerá como crecen las olas de tu infancia, como germinan las semillas, como se genera la vida, y como un homenaje a tu palabra dormida –pero jamás extinguida– va este pequeño poema mío, que quizás logre perdurar entre tus sueños.

 

 

LIV

¿no escuchas mi dolor de quebrado
árbol?
¿no sientes mi soledad en la soledad
de la piedra hecha silencio?
¿no amas la espera de la lluvia?
¿no añoras el privilegio del crepúsculo
la brisa del mar la vecindad del recuerdo?
¿eres tú tan sólo distancia?

Lejos la enmohecida voz del viento
clausura la áspera neblina
de un oscuro atardecer

 

(Poema del libro inédito Silencio de Piedra.)